Uno de los hombres que desde el triunfo de la Revolución
Cubana en 1959 vivió la compleja experiencia de penetrar las podridas
estructuras del imperio, en especial la Oficina de Intereses en La Habana durante
muchos años, narra vivencias de su breve paso por la ciudad de Matanzas cuando
era un joven de 16 años
Ya no está entre nosotros para festejar con juveniles
arrestos el Día de la Prensa Cubana el periodista e intelectual cubano de
origen vasco, Néstor Baguer Sánchez Galarraga, uno de los infiltrados entre los
mercenarios autotitulados ‘disidentes’ al servicio de los Estados Unidos,
desclasificados por el Ministerio del Interior durante el desmantelamiento de
los grupúsculos contrarrevolucionarios en el 2003.
Falleció con avanzada edad, el 25 de octubre del 2004, y este
año en esa fecha se cumplirá el primer lustro de su desaparición física. Pero
le habíamos visto en abril del 2003, entre canciones, poesías, flores y
exquisita música de cuerdas, en su memorable visita a la jefatura provincial del
Ministerio del Interior de Matanzas.
En esa fecha, los ex agentes de la Seguridad del Estado
iniciaron por la referida Unidad, un extenso recorrido que los llevó a la Base
de Supertanqueros, a un intercambio de impresiones con alumnos de la Escuela de
Instructores de Arte de Matanzas, el Aeropuerto Internacional Juan Gualberto
Gómez, el polo turístico de Varadero, el Museo A la Batalla de Ideas y la
Empresa de Perforación y Extracción de Petróleo, en Cárdenas.
En otra popular jornada, al día siguiente, estuvieron en el
Combinado del Cítrico y el Museo de la Comandancia en el batey del central
Australia, en Jagüey Grande; la Boca de la Laguna del Tesoro y el escenario
histórico de Playa Girón, en el municipio Ciénaga de Zapata, al sur de la
provincia de Matanzas.
Era la primera vez que, partiendo de la ciudad de Matanzas, un
especial grupo de héroes, formado por gente llana de profundas convicciones
revolucionarias, emprendía un amplio recorrido por el país para entrar en
contacto directo con el pueblo al que defendieron desde el anonimato en las
filas del enemigo.
Bajo un sol brillante, esa mañana el ya nonagenario Néstor
Baguer Sánchez Galarraga, “Octavio” para la Seguridad del Estado de Cuba, nos
entregó su porte de incorregible caballero.
De guayabera venía en su sillón de ruedas con todo el brillo
del mundo en sus ojos vivaces detrás de los cristales de ver. Bigote y barba
blanquísimos poblaban su rostro, y sobre el encanecido cabello su tradicional
boina negra, pieza habitual de los españoles en estas tierras de América.
En medio de la alegría de los anfitriones, oficiales,
cuadros, soldados, personal de servicios que se habían aglomerado en el patio
de la Jefatura provincial del MININT para recibirlos, Néstor no pudo evitar a
los periodistas.
Narró pasajes de las relaciones entre su familia de origen
vasco, asentada desde el siglo XIX en una finca de cien caballerías nombrada
Guasimal, en Jagüey Grande, y de sus encuentros casuales con el poeta Agustín
Acosta, autor de la popular obra La Zafra, oriundo también de aquella
localidad.
Probablemente de inicios de la década de 1930 es el
siguiente pasaje de sus andanzas juveniles, narrado abusando de la memoria por el
propio protagonista Néstor Baguer más de
70 años después, donde disfrutó cuatro horas entre dos poetas de alto
vuelo:
“Agustín Acosta invitó a Gustavo Sánchez Galarraga, mi tío
(quien falleció el 4 de noviembre de 1934), a un fin de semana en Matanzas, y
éste me pidió que le acompañara. Llegamos y nos hospedamos en el hotel Velasco.
Como a las 9 de la noche, antes de tomar un coche, Gustavo me dijo: ‘te voy a
presentar al mejor poeta de Cuba’.
“Tal era la modestia de uno de los mejores cultivadores de
las letras cubanas en el siglo XX, autor en 1927, entre la vasta obra que legó
a la cultura cubana y universal, de Las alamedas románticas y Las espinas del
rosal.
“Bajamos por el
costado de la bahía (la zona del barrio de Pueblo Nuevo-Playa), hasta la casa
de Agustín, creo que entonces era Gobernador de Matanzas. Salimos a pasear, y
hasta las dos de la madrugada tuve el privilegio de oír lo mejor de la poesía
de Agustín Acosta y de Gustavo Sánchez Galarraga.
“Aquella producción poética —continuó Néstor— no había sido
publicada, y para mi la noche fue deliciosa, un recuerdo inolvidable. Era
entonces un muchachón de 16 años, y ese momento nunca se ha borrado de mi
mente”.
Baguer Sánchez, heredero de una familia de millonarios hasta
1959, pero comunista desde joven, cuenta vivencias con su amigo matancero, el
poeta y escritor José Zacarías Tallet, uno de los participantes en la famosa
Protesta de los 13, y compañero de luchas del poeta Rubén Martínez Villena, y
de la cooperación con los órganos de la Seguridad del Estado durante sus viajes
a los Estados Unidos, España, Perú y Venezuela.
Con un verbo sencillo, cargado de experiencias y sabiduría,
resumió su labor patriótica: “Simplemente he cumplido mi deber de cubano. Al
principio muchos me temían y decían: ‘un Sánchez Galarraga, un millonario
metido a comunista...’, pero sí, tengo un orgullo: ningún Sánchez Galarraga desertó
de Cuba, a pesar de haber perdido fincas y casas. Todos nos quedamos, y
luchamos por nuestra Patria”, concluyó Néstor.
En ese minuto no es posible pasar por alto lo difícil que
habrá sido para personas sensibles, de origen humilde, como casi todos esos
patriotas, asumir el papel de vulgares mercenarios, aparecer ante sus vecinos,
amistades o familiares, como serviles lacayos de un gobierno que promueve la
explotación, el terrorismo y la guerra.
El distinguido destacamento estaba integrado, además, por Manuel
David Orrio del Rosario (Miguel), Aleida de las Mercedes Godínez (Vilma) y
Alicia del Carmen Zamora Labrada (Xiomara). Se hallaban también Pedro Serrano
Urra (Saúl), Eduardo Sánchez Hernández (Yanier) y el matrimonio formado por
Yamila Pérez Reyes (Celia) y Noel Ascaño Montero (Abel). Otros integrantes del
grupo eran el matrimonio de los doctores Ana Rosa Joma Calixto (Gabriela) y
Pedro Luis Velis Martínez (Ernesto), y el de Odilia Collazo Valdés (Tania) y
Roberto Martínez Hinojosa (Ernesto).